297 m² de cuidado intensivo pediátrico donde un niño enfermo, por un rato, está en otra parte.
La nave espacial. Se trata de una unidad muy sensible donde los pacientes infantiles y sus familias pueden verse obligados a estancias prolongadas. El objetivo principal es generar una atmósfera que ayude a los niños a distraerse, a canalizar sus emociones y ampliar, en la medida de lo posible, el rango de actividades a las que tienen acceso durante su estancia. Hemos tratado de imaginar lo que sienten los niños y así dar respuesta a las situaciones emocionales por lo que pueden pasar cuando están ingresados. En referencia a la materialidad, todos los materiales que se han utilizado han querido maximizar el confort, así como la facilitad de las tareas de limpieza y desinfección para conseguir un espacio seguro y agradable.
Los revestimientos de paredes han sido un elemento más para conseguir la atmósfera espacial: Retroilumina y reproduce los colores del espacio exterior en su superficie.
Hay un lugar en Pereira donde los niños más graves de la región pasan sus peores días.
No se parece a eso.
Se parece a una nave espacial. Los muros retroiluminan los colores del universo. Los papás la reconocen desde el pasillo. Los niños que ya estuvieron ahí la piden por su nombre.
Es una UCI pediátrica. Es el proyecto del que más nos hablan.
Un niño no se enferma en abstracto. Se enferma con seis años, con la cabeza llena de dinosaurios y cohetes y una idea muy clara de dónde quisiera estar. Y entonces lo acuestan en una cama, lo conectan a cinco cables y le dicen que no se puede mover.
Nosotros no diseñamos para un paciente pediátrico. Diseñamos para ese niño.
Nos preguntamos qué siente un niño ahí adentro. Qué le da miedo. Qué lo distrae. Qué haría que, aunque sea por un rato, quisiera abrir los ojos.
La respuesta no estaba en un manual de infraestructura hospitalaria. Estaba en cualquier parque de diversiones del mundo: a los niños los cura el asombro. Un niño que tiene algo que mirar tiene algo que hacer. Un niño que tiene algo que hacer tiene un lugar a donde ir cuando duele.
Así que no adecuamos una UCI. Construimos una nave.
Y aquí está la decisión que nos separa de una UCI bonita.
Una nave espacial, hecha con lógica de decorador, se cierra. Se hace oscura, se llena de estrellas, se convierte en un mundo entero — y le quita al niño el único mundo que necesitaba conservar: el de afuera.
Un niño en cuidado intensivo pierde el día y la noche. Luz constante, ruido constante, sin exterior. Deja de saber cuánto lleva ahí. Y esa desorientación no es tristeza: la pérdida de referencias circadianas es un factor reconocido en el delirio de cuidado intensivo. En un niño pesa más, porque no tiene cómo reconstruir solo la hora que el espacio le quitó.
Por eso la nave está hecha de aluminio y vidrio.
Desde adentro, el niño sigue viendo si afuera es de día. Y la mamá que lleva nueve días durmiendo en una silla, también.
La fantasía y el reloj. Las dos. Sin escoger.
Eso no lo hace un decorador. Eso lo hace un método.
Cada material de esa nave pasó por un filtro que el niño nunca va a ver: cada superficie tiene que resistir las rutinas de limpieza y desinfección de una unidad crítica. La climatización, la asepsia y la privacidad tuvieron que resolverse a la vez que la transparencia.
La evidencia respalda la decisión: la exposición controlada a luz natural se asocia a una recuperación hasta 26% más rápida en pacientes hospitalizados.
Una UCI pediátrica no puede elegir entre ser segura y ser humana. Tiene que ser las dos, o no es ninguna.
90 días. 297 m². Una UCI que cumple todo lo que una UCI tiene que cumplir.
Y un niño que, cuando le preguntan dónde estuvo, no dice “en la clínica”.
Dice que estuvo en una nave espacial.


